ARTÍCULO DE OPINIÓN

 07/01/2009, Perché dobbiamo dirci cristiani?

 El último libro de Marcello Pera (Lucca, 1943) que me ha llegado a las manos tiene como título Perchè dobbiamo dirci cristiani? Il liberalismo, l’Europa, l’etica (Mondadori, 2008). El filósofo italiano desarrolla una tesis clara, pero también polémica. Considera que Europa ha perdido su alma y que solamente podrá reencontrarla si se nutre de su raíz espiritual que, según Marcello Pera, es el cristianismo. Entiende que el cristianismo tiene que ser la base de la comunidad moral de Europa y que sólo si sus valores, principios y conceptos son vigentes, Europa existirá como comunidad moral. Según él, la Unión europea no puede consistir solamente en una conjunción política, económica. Necesita una base sólida tanto para si misma, como para combatir los principales enemigos de las sociedades abiertas: el terrorismo y el fanatismo islamista.
Siguiendo las ideas de Husserl sobre la esencia de Europa, Marcello Pera, considera que para poder salir airadamente de la crisis que estamos sufriendo no hay suficiente con algunos retoques estéticos. Tampoco podemos sucumbir a las grandes potencias del mundo que tienen un fondo espiritual diferente. Según él, la situación de libertad, de respeto a los derechos humanos, de convivencia y buena armonía que hay en Europa es obra de la civilización occidental que está alimentada y sostenida por el cristianismo.
El libro, precedido por una carta de Benedicto XVI, hace pensar por qué los análisis sobre la situación de Europa, el relativismo, el nihilismo y la decadencia moral que estamos viviendo son muy sólidos. Es un texto combativo que, probablemente en caso de ser traducido en lengua castellana será objeto de muchas observaciones y descalificaciones. Será fácilmente calificado de neoconservador o de ultraliberal. No ahorra críticas a los regímenes comunistas del siglo XX, ni tampoco a los países de tradición islamista. En el fondo, pretende recuperar el orgullo de ser cristiano, el amor propio por lo que nos caracteriza y nos hace singulares en el mundo. Entiende que la raíz cristiana, lejos de ser un obstáculo para el desarrollo científico, tecnológico, para el progreso social y de los derechos civiles ha sido su causa eficiente, su motor impulsor. Marcello Pera se define, sin embudos, como un liberal, como alguien que ama y defiende las libertades, especialmente la libertad de pensamiento, de movimiento, de expresión y de creencias. Entiende que el liberalismo es un fruto maduro del cristianismo y que, por esto, en los ámbitos en los que el cristianismo no ha llegado o extrañamente se ha incardinado, las libertades son ciencia ficción.
Más allá de los aciertos de este libro y del interés que puede suscitar en todo lector culto, vale la pena hacer algunas observaciones críticas.
Primera: No creo que la raíz de Europa y, por extensión, de la civilización occidental se pueda reducir únicamente al cristianismo. Siguiendo las tesis de Leo Strauss, creo que, como mínimo, hay que reconocer la mezcla de tres grandes tradiciones: la tradición grecorromana, la tradición judeocristiana y la tradición ilustrada. No creo, naturalmente, que las tres influyan de la misma manera, ni que se pueda hablar de simetría, pero sí de tres focos espirituales que generan un híbrido cultural único en el mundo que es Europa. Atenas y Jerusalén son los ejes fundamentales, pero no se puede olvidar el Renacimiento de Florencia, ni la Ilustración parisiense o l’Aufklärung berlinesa.
Segunda: hay que reconocer que en el proceso de reconocimiento de libertades no tan solo ha incidido y mucho el cristianismo, sino toda la tradición ilustrada y moderna. No es bueno olvidar el peso que han tenido en la configuración del mundo contemporáneo autores como Voltaire, Diderot, Kant, Hegel, Comte, Herder i también los maestros de la sospecha, Nietzsche, Marx i Freud.
Tercera: sería bueno hacer ver cómo también el cristianismo ha fecundado tradiciones sociales. La asociación entre cristianismo y liberalismo es cierta, pero también hay que reconocer que el cristianismo tiene una inequívoca dimensión social. La defensa de la libertad no es más exigente que la defensa de la equidad de derechos, de la justicia social y la fraternidad universal. Tengo la impresión de que Marcello Pera subraya sobre todo el primer aspecto, pero olvida los otros dos. De la rica y bella tradición cristiana, no solamente emerge un régimen de libertades, sino también un régimen de equidad de derechos y de fraternidad entre los hombres y los pueblos.
Cuarta: creo que falta una dimensión autocrítica. El propio Juan Pablo II antes de celebrar el jubileo de la Iglesia católica pidió perdón por los males que la institución había causado a lo largo de su historia y de las desfiguraciones del rostro de Cristo. Habría que hacer memoria de estos aspectos para tener más credibilidad y para hacer ver que también en nombre de la tradición cristiana se han vulnerado derechos fundamentales y se han negado libertades básicas. Hay que distinguir siempre la belleza que emana del Evangelio de las traducciones históricas que en cada momento se han hecho.
Recojo algunas frases del libro que, por su carácter polémico, pueden hacer pensar y suscitar la lectura.
“Come Croce, Habermas riconosce che senza il cristianesimo non c’è Europa né civiltà occidentale. Come Croce, ammette che il cristianesimo è la base concettuale e teorica, non solo la genesi storica, di questa civilità” (p. 91).

“Il concetto di persona non deriva dalla pratica argomentativa, perché ne è il presupposto. Non deriva dalle procedure democratiche ammesse dell istituzioni, perché hanno come punto di riferimento proprio quella (...) Il concetto di persona o di fine in sé è un concetto pre-politico e palesemente non-politico; è un concetto di natura etico-religiosa, più precisamente, è un concetto cristiano” (p. 89).

“Il relativismo è incompatibile col liberalismo (e col cristianesimo)” (p. 114).

“Ho cercato qui di provare che dobbiamo essere cristiani se vogliamo godere della libertà liberali, e che l’Europa deve anch’essere cristiana se vuole davvero unificarsi in qualcosa che assomigli ad una nazione, una comunità morale” (p. 154).

“Ho anche cercato di argomentare che i regimi liberali sono migliori di altri” (p. 154).