ARTÍCULO DE OPINIÓN

 01/04/2009, La soledad y la conciencia de existir

 Somos esencialmente sociables. Experimentamos el deseo de sintonizar con los otros, de establecer vínculos, redes de afecto. Aristóteles lo expresó nítidamente: “Quien vive solo, o bien es un dios, o bien una bestia”.

Amar la soledad y buscarla no significa viajar constantemente de un lugar a otro, recorrer desesperadamente toda la geografía. Un ser se hace solitario en el momento en que se da cuenta de que su soledad es inalienable, que va con él y que dondequiera que vaya, siempre está solo. A partir de aquel momento su soledad es real y no potencial.

La vida solitaria por el hecho de ser silenciosa, disipa la cortina de humo de las palabras que cada persona coloca entre su mente y las cosas. En la soledad permanecemos cara a cara con la desnudez del ser de las cosas. Entonces nos damos cuenta de que la desnudez de la realidad no es objeto de temor, ni de vergüenza. Está vestida con la amable comunión del silencio y el silencio se relaciona con el amor. Entonces, aquel mundo que hemos intentado dominar con nuestras palabras, conceptos, ideas, esquemas, que hemos intentado controlar y explotar tecnológicamente se nos aproxima, ya que el silencio nos enseña a conocer la realidad, respetándola allí donde las palabras la han profanado.

La mayoría de las veces, percibimos la soledad como negativa, como angustia, como vacío, como un estado que engendra un sentimiento oscuro, como una situación desplaciente, dolorosa que reclama la no aceptación, se vincula también al hecho de no sentirse amado.

La soledad, con su quietud y silencio, invita al recogimiento, a la interiorización y al contacto con uno mismo. Pero la soledad también asusta, puede convertirse en una prisión que sólo se puede abrir desde dentro. A grandes rasgos, nos da miedo estar solos en la medida en que nos sentimos solos, deseamos salir fuera de nosotros mismos, abrir las ventanas de nuestra pequeña habitación y establecer lazos con los otros.

A veces no estamos solos, pero nos sentimos solos. En ocasiones, no nos sentimos solos y en cambio, lo estamos profundamente. La soledad es una vivencia que no siempre va acompañada de la realidad. Lo mismo pasa con la salud y la enfermedad. Podemos sentirnos sanos y no estarlo. Podemos sentirnos enfermos y de hecho, no estar enfermos. La vivencia de la soledad nos inquieta y sentimos claustrofobia, nos conectamos a la gran red para buscar compañía, interacción, para establecer vínculos.

La soledad es una experiencia inquietante. De hecho, siempre que podemos, procuramos evitarla. La grandeza de un hombre se mide por la capacidad de asumir su soledad. Domesticar la soledad no significa suprimirla. Consiste en aprender a hacerle frente y a utilizarla para ponerla al servicio de la vida.

Karl Jaspers expresa con vehemencia los riquísimos frutos que emanan de la experiencia de la soledad. “Sólo quien conoce la soledad absoluta puede llegar a ser existencia”. Diciéndolo de una forma más clara: sólo quien se precipita por el abismo de la soledad, puede hacer de su vida un proyecto personal, puede marcar distancias con los otros, desengancharse de la gente, deshacerse del servilismo a lo que es políticamente correcto y emprender el vuelo solitario.

Ser existencia significa, para Karl Jaspers, ser consciente del hecho de estar vivo, tomar conciencia del inmenso don que supone estar en el mundo. Las cosas son, las personas están llamadas a existir. La soledad es el despertador de la existencia, lo que propicia el paso del ser al existir.

La comprensión de la propia y específica diferencia no se vive muchas veces como una afirmación de la propia personalidad, sino como algo extraño. El hecho de sentirse diferente de los demás provoca sufrimiento. Puede ocurrir que, al descubrir la riqueza de uno mismo pueda asustarse y prefiera el anonimato y el escondrijo. Este miedo se muestra en la relación con los demás. Es necesario, a veces, permanecer solo, afrontar la soledad sin huir. Muchas veces se decide huir de la soledad buscando a otras personas con quienes pasar el tiempo.

En tales circunstancias, no se busca al otro para descubrir la belleza de vivir en común, sino para estar solo. O mejor aún, porque no se quiere sentir la propia fragilidad o el hecho de que los otros no comprendan o rehúsen nuestra identidad. No se sabe afrontar la propia debilidad y el sufrimiento derivado de los otros y no se quiere estar solo. En realidad, se continúa estando solo y quizás peor. No afrontar la propia fragilidad no la hace alejar, ni la resuelve.

Huir no nos ayuda a ser verdaderamente fuertes.