01/10/2009, El deseo esencial
He disfrutado mucho leyendo el último libro de Xavier Melloni, El desig essencial (Fragmenta, 2009). Una de las pequeñas alegrías de ser miembro del Consejo asesor de la editorial Fragmenta es recibir puntualmente todos los textos que se publican de la mano de sus editores.
Pulcramente editado, y bellamente escrito, este nuevo ensayo de Melloni es una antropología del deseo, una profunda análisis de la facultad volitiva del ser humano, de la tipología de deseos y de las formas de afrontarlo. Describe el deseo como un anhelo de trascendencia, como un dinamismo infinito que se va alimentando a sí mismo y que nunca llega plenamente a su objeto.
Sin entrar ahora en un análisis de este sugerente libro, quiero solamente expresar algunos pensamientos que me ha generado.
El deseo no es algo que tengamos o poseamos, tampoco no es algo que podamos transformar fácilmente. Somos deseo, estamos atravesados por un anhelo que nos pone en movimiento, en camino hacia lo que no somos, hacia lo que no conocemos, hacia lo que aspiramos a ser. El enamorado conoce muy bien la fuerza del deseo y de cómo el deseo transforma su cuerpo, su mente, su memoria, su vida social y emocional. El enamorado sabe en su propia piel que el deseo no es una nota adyacente en su vida, sino su centro de gravedad.
El deseo no es algo nocivo. Pero tampoco es neutro. El deseo es fruto de la carencia, o más bien dicho, de la conciencia de la carencia. Me pongo en camino, porque siento una flaqueza que deseo saciar. No tengo garantías de que llegaré a buen puerto, ni tengo ninguna seguridad de que más allá de mi anhelo exista un objeto que me espera.
Juntamente con la inteligencia, la memoria y la voluntad son las tres grandes facultades humanas. Somos anhelo, pero este anhelo va adoptando formas plausibles gracias a la inteligencia. El anhelo sin el discernimiento de la inteligencia conduce a la frustración, al fracaso, a la tristeza. La inteligencia, sin el deseo, no se pone en funcionamiento, le falta el impulso vital. La memoria juega un papel clave en la dinámica del deseo. Al recordar los aciertos y errores del pasado, se toma conciencia de cómo se tienen que perseguir los objetos de deseo. La memoria de la herida, sin embargo, no acaba dominando al deseo. El recuerdo del sufrimiento no disuade el deseo. Los consejos de la inteligencia tampoco son completamente efectivos. El deseo tiene una fuerza, por sí misma, que las otras dos facultades no pueden controlar del todo.
No empezamos a desear cada vez a partir de la nada. Los objetos del deseo cambian, pero el deseo persiste. Si el deseo se extingue, la vida desaparece. Entonces sólo permanece un cadáver en forma de recuerdo. El deseo nos proyecta, nos estimula, pero también es una fuente inacabable de sufrimientos. Se sufre para conquistar el objeto de deseo, pero cuando supuestamente lo tenemos en las manos se sufre para no perderlo.
La dinámica del deseo es una dinámica de sufrimiento. Si vivir es desear y desear es sufrir, vivir es, irremisiblemente, sufrir. No creo que la posible solución pueda venir a través de la extinción del deseo, pero sí por el trabajo de la inteligencia y de la memoria, que nos permiten discernir qué objetos de deseo tienen que merecer nuestra atención y cuáles tenemos que trascender.
El anhelo es constitutivo del ser humano. No hay nada que sacie totalmente el deseo que nos mueve. Ningún objeto, ninguna obra, ningún paisaje o persona, ninguna riqueza. Sólo la Belleza, cuando irrumpe, sacia el deseo, pero es tan efímera, tan fugaz, que después de irrumpir, deja una marca de sufrimiento. Cuando la Belleza hace acto de presencia, tomamos conciencia de cuán gris y mediocre es el vivir cotidiano.
La inquietud humana no halla quietud en ningún bien que tiene a su alrededor. Siempre quiere más. Este querer siempre más es la autotrascendencia, es el motor de la condición humana. En la solución agustiniana, solamente Dios, que nunca es objeto, sino sujeto, puede saciar el anhelo del ser humano, sólo Él tiene fuerza para aquietarlo. Pero si Dios no está, el anhelo permanece como tal, el camino no tiene final. La negación de Dios no aquieta el deseo del hombre. Más bien le deja desconcertado. Las tentativas de llenar esta inquietud con los pequeños dioses que inventamos en la vida cotidiana están condenadas al fracaso.
Reproduzco traducidas algunas frases del texto de Xavier Melloni y animo a los lectores a saborear esta antropología del deseo:
“El deseo es un éxtasis que nos conduce fuera de nosotros mismos, una aspiración para alcanzar el bien y un anhelo que están siempre trascendiéndonos” (p. 13).
“Nuestra vida es una sucesión de anhelos” (p. 29).
“La belleza tiene el poder de hacernos salir de nosotros mismos tanto como el amor. Posee un carácter extático” (p. 89).
“Surgidos del deseo de Dios, somos su deseo y por ello tenemos deseo de Él. La vida es el medio del deseo divino, el ámbito por el cual todo anhelo se expande y se transmuta. Las criaturas, cuando tienen sed de Él, le hacemos retornar a sí mismo a través de nuestro deseo, que es el suyo, entregado a nosotros” (p. 165).
