ARTÍCULO DE OPINIÓN

 01/11/2009, El Caín de Saramago

 Tengo una especial tendencia a leer a autores que no piensan como yo. Incluso a los que se sitúan en mis antípodas políticas, sociales y religiosas. No lo hago por masoquismo, ni tampoco porque me guste torturarme. Lo hago por higiene mental, para descubrir los argumentos de los demás, para ver su lógica y entender las razones de fondo que aducen. Un buen maestro me dijo que cualquier cristiano ilustrado tenía que haber leído a los maestros de la sospecha, tenía que pasar por los textos de Karl Marx, de Friedrich Nietzsche y de Sigmund Freud, tenía que enfrentarse a las grandes genialidades ateas del siglo XX, a Jean Paul Sartre y a Bertrand Russell i de esta forma entender las razones de los grandes pensadores ateos y aprender de ellos, porque este ejercicio purificaba la creencia personal, la hacía más sólida y más madura. Desde entonces, practico habitualmente este ejercicio, sin dejar, naturalmente de profundizar en las fuentes amigas, en aquellos pensadores que elevan el pensamiento a las cotas más altas que se puedan imaginar y que tienen el don de hacernos olvidar los problemas cotidianos para centrarnos en lo que realmente cuenta. Mis alumnos saben que leo con pasión a Ludwig Feuerbach y Arthur Schopenhauer, también a Bakunin y Stirner.
Busco, también, la mirada en los escritores actuales que optan por el ateísmo. Entre ellos, ya hace tiempo que me cautiva la prosa de Saramago, sobre todo desde un artículo que publicó después de los atentados del 11-S de 2001, El Factor Dios. He leído su Caín y he hallado, de nuevo, las mismas ideas y los mismos planteamientos. No se puede decir, en ningún caso, que no sea coherente, pero me sorprende su seguridad, y sobre todo, su dogmatismo militante. En su mente, no existe espacio para la duda, ni tan solo se puede entrever una rendija. Afirma, con seguridad, que Dios no existe, que esta malévola idea es fruto del miedo y de las necesidades humanas, de la ignorancia y de la superstición y que, además, es la causa de los males que sufre la humanidad.
Su condición de Nobel de Literatura parece convertirlo en objeto sagrado, de tal manera que parezca imposible poder rebatir o cuestionar sus ideas. Se produce el síndrome Saramago. Es citado como argumento de autoridad, pero si hay algo que caracteriza a la cultura moderna, libre, crítica y racional es que el argumento de autoridad no tiene valor por sí mismo, sino que lo que verdaderamente cuentan son los argumentos que se esgrimen. Escribir bien, tener estilo, imaginación, sensibilidad y creatividad, no significa tener conocimientos teológicos ni filosóficos. Una cosa no faculta, necesariamente para la otra.
Los argumentos de Saramago son obsoletos y antiguos. Han sido suficientemente discutidos, revisados y criticados a lo largo del siglo XX. La gran teología católica y protestante que se ha articulado en la última centuria no ha sido un trabajo en vano y ha dejado una huella profunda. El desconocimiento de esta gran producción no se puede permitir a alguien que habla, con tarta certidumbre, de Dios.