01/02/2010, Tatiana Góricheva
Por casualidad, he reencontrado un libro de Tatiana Góricheva, publicado por Herder, cuyo título es muy sugerente: Hablar de Dios resulta peligroso. Mis experiencias en Rusia y Occidente. Hace años que me interesa el pensamiento de Góricheva. Nacida en San Petersburgo en 1947, Góricheva es una conversa al cristianismo en pleno tiempo de comunismo soviético. Junto con algunas mujeres de su misma ciudad, fundó el primer movimiento feminista de la Unión Soviética. Sufrió la censura y la persecución de aquel régimen totalitario. Después de diversos interrogatorios y encarcelamientos fue expulsada de su país en 1980, nueve años después de la caída del muro de Berlín.
Me interesa su visión de Occidente, su comprensión del cristianismo como fuente de libertad y su particular evolución intelectual. Filósofa de formación y dirigente comunista en su primera juventud, Góricheva se convierte al cristianismo al meditar sobre el Padrenuestro. Critica con vehemencia la pérdida de radicalidad evangélica del cristianismo occidental y su sequía espiritual. Al releerla, nos damos cuenta de cuán importantes son los contextos para comprender las novedades espirituales. En el régimen totalitario que sufrió, vio en la Iglesia un espacio de libertad y de humanización, pero a la vez se frustra al ver cómo se vive el cristianismo en el mundo occidental, en un mundo en el que, como dijo Dostoievski, el dinero lo es todo.
Ignorada en su propia tierra y olvidada en el ámbito occidental, Góricheva es una figura a considerar y a leer, una fuente de renovación espiritual, un aguijón clavado en el alma que nos recuerda el potencial creador y creativo de la fe en un contexto de estancamiento y de complejos. De este libro reencontrado, destaco un pensamiento oportuno, una idea clave, especialmente idónea para reflexionar sobre qué humanismo queremos construir en este siglo XXI.
Escribe Tatiana Góricheva: “Comprendimos que en el siglo XX ya no se podía hablar del hombre tal y como se había hecho en los siglos XVII y XVIII; entendimos que las experiencias anorreadoras del hombre en Hiroshima, en Auschwitz y en los Gulag tenían que cambiar esencialmente nuestro concepción del humanismo” (p. 82). La lección es oportuna y debemos tomar nota. El nuevo humanismo tendrá que construirse sobre la memoria de la barbarie. Sin el recuerdo de las víctimas, el futuro no existe.
