La esperanza tiene un Pla con Francesc Torralba.
El premio acaba de abrir la puerta a la filosofía con «Anatomia de l’esperança» y es pertinente preguntarse si funciona como retrato de un tiempo y de un país.
Desde su creación, en 1968, el premio Josep Pla ha procurado honorar “el prosista que lleva su nombre” con una concepción dilatada de la palabra prosa: tal como consignan las bases, “se pueden presentar obras de narrativa en catalán sin limitación de género: novela, cuento, relato, memorias, biografía, diario…”. Y aun así la historia y el palmarés muestran una tendencia mayoritaria de la novela de ficción (para decirlo con un pleonasmo), seguida de las memorias y de los dietarios. De hecho, a la tercera convocatoria, después de Terenci Moix y Baltasar Porcel, ya llegó el primer título de “no-ficción” con Teresa Pàmies y las memorias del padre Tomàs (Testament a Praga), un género que, en diferentes épocas y declinaciones, ha ido apareciendo con nombres como Alexandre Cirici, Jaume Miravitlles o más modernamente Rafel Nadal.
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